Por Lucía Miranda

Uno de los temas de conversación más frecuentes entre quienes tenemos hijxs en edad escolar es, sin dudas, la dificultad de criar en la era de las pantallas.

Criar hoy es, en gran medida, negociar con pantallas. Qué dispositivo sí, qué contenido no, cuánto tiempo es demasiado, cómo convencerlxs de hacer otras actividades que no impliquen estar sentados frente a una tele, una compu, una tablet (o un teléfono, si es que lo tienen). Y, aunque cada familia tenga sus reglas, sí solemos coincidir en los efectos del uso de pantallas que observamos en lxs chicxs: la ansiedad, la baja tolerancia a la frustración, la irritabilidad y la sobrecarga de estímulos que no encuentra por donde salir.

A esto se suma que la falta de criterios compartidos entre familias trae más problemas. Los contenidos de moda arman conversación y juego en el aula o el club, y cuando alguien no tiene acceso, aparece el miedo al aislamiento. Cuidar a nuestrxs hijxs en su ingreso a internet puede terminar significando dejarlxs un poco afuera de su grupo.

Si a lxs adultxs esto nos llena de dudas, la pregunta obligada es: ¿qué pasa del otro lado? ¿Cómo es crecer hoy entre pantallas?

Como ilustradora (y mamá de dos pequeñxs), hace algunos años dedico parte de mi tiempo a dibujar historietas que retratan algo de mis experiencias de crianza y bastante de lo que escucho decir a mis propixs hijxs y su entorno. Y hace poco me vi en la necesidad de plasmar una situación muy concreta en relación a esto: el conflicto de una nena de 9 años creciendo en una familia con un consumo de pantallas muy cuidado y el miedo a quedar excluida de su grupo de amigas por esa misma razón. Esto fue lo que salió:

Cuando publiqué esta historieta en Instagram, dejé abierta la pregunta de cómo cuidar a las infancias del acceso a contenidos digitales que no están pensados para ellxs frente a estas situaciones. Para mi sorpresa, la historieta empezó a tener alta circulación y en seguida se llenó de comentarios. Se abrió una catarata de opiniones, dudas y reflexiones, pero sobre todo, una enorme necesidad de conversar. Lo más llamativo -y que rescato especialmente para pensar desde Mini LAIA- fue recibir las voces de personas muy jóvenes compartiendo en primera persona sus experiencias sobre su relación temprana con internet.

Aunque invito a leerlos todos, copio acá algunos de esos comentarios que me dejaron pensando:

“Fui adolescente a finales de los 2000… Tuve mi primer celular con internet a los 13 y mi primer smartphone a los 16. Por un lado agradezco la libertad, pero al mismo tiempo reconozco que me expuse a mucho contenido inapropiado. Ahora que soy madre, me da miedo pensar cómo voy a introducir a mi hijita en ese mundo de manera segura, para que no se sienta excluida pero descubra las cosas a su debido tiempo; es difícil.”

“Me hubiera gustado mucho poder hablar con mi mamá sobre los fanfics que leía o sobre los juegos en los que estaba metida. Haz algo donde ella disfrute, pero tú sepas que siempre estarás para protegerla y que solo es internet, que el botón de bloquear existe y que si algo pasa, mamá está ahí.”

“Qué bueno sería tener un grupo con el cual hablar de estas cosas. ¿Cómo hacemos quienes decidimos criar cuidando a nuestros hijos e hijas de los nuevos tiempos y a la vez sin aislar?”

“Trabajar en comunidad con las otras familias, tomar conciencia colectiva… Es muy grave lo que está sucediendo, los padres tenemos que tomar las riendas y no ‘regalar nuestros hijos a un celular’.”

Así es que después de leer, releer y alegrarme por tanta participación, me quedo -entre tantas dudas- con una certeza: el consumo digital en las infancias es un tema del que hace falta hablar, y mucho. Entre grandes y chicxs. 

Por suerte, cada vez se está publicando más bibliografía sobre el tema y abriendo más espacios de intercambio donde lxs adultxs podemos acceder a recomendaciones de especialistas (invito fuertemente escuchar la entrevista a Lucía Fainboim, especialista en ciudadanía, bienestar y crianza digital, recientemente publicada en el podcast de LAIA). Ojalá empecemos también a abrir y habilitar más espacios donde poder escuchar las voces de jóvenes y chicxs. Saber qué les pasa a ellxs del otro lado de la pantalla, qué sienten cuando navegan (o qué se imaginan si todavía no lo hacen), qué motiva sus búsquedas o qué miedos o experiencias se guardan por temor a un reto.

Porque acompañar no es solamente poner límites, medir los tiempos o prohibir dispositivos; también es estar disponibles para conversar y valorar sus vivencias, por más ajenas que nos resulten. Es interesarnos por cómo transitan sus realidades y, sobre todo, construir redes de cuidado en este presente que, a veces, nos desborda a todxs.