Desde agosto de 2025, junto a estudiantes avanzados de psicología de la Universidad Maimónides y la Universidad de Flores, iniciamos una investigación sobre cómo las personas usan la IA en roles vinculados al acompañamiento, el bienestar personal y la salud mental.
Por Cristian Cao, Dana Grilli y Alejandro Blasco
Una tecnología que no media entre personas
Cada tanto emergen tecnologías que no sólo aceleran tareas, sino que modifican las coordenadas desde las cuales organizamos nuestra experiencia: cambian cómo nos informamos, cómo nos vinculamos y, en última instancia, cómo nos constituimos como sujetos. La escritura, la radio, la televisión, internet y el smartphone transformaron, cada uno a su manera, las formas de habitar una época. Desde LAIA venimos sosteniendo que la IA pertenece a ese linaje, pero con una novedad que la distingue: hasta ahora, cada una de esas tecnologías funcionaba como mediadora entre personas. La IA inaugura la posibilidad de interactuar con una entidad no humana que simula muchas de las capacidades de un interlocutor: conversa, recuerda intercambios previos, sigue el hilo de conversaciones complejas y, al hacerlo, simula entendimiento, empatía y hasta emocionalidad.
Esa capacidad conversacional da lugar a un fenómeno inédito: que algunas personas comiencen, de algún modo, a “relacionarse” —las comillas acá son importantes— con sistemas de IA. Les ponen nombres, bromean con ellas y les asignan roles antes reservados a otros seres humanos: confidente, amigo, tutor, psicólogo, pareja afectiva o sexual. Conviene ser precisos: no afirmamos que estos usos sean generalizados, ni que estas vinculaciones sean en bloque “positivas” o “negativas”. Probablemente haya ambas, y el saldo varíe según las circunstancias de cada persona. Por eso merecen estudiarse con atención, no desde el prejuicio entusiasta ni desde el alarmista, sino desde lo que dicen los usuarios y lo que muestran las investigaciones.
Tenemos un antecedente cercano que funciona como advertencia: la expansión de las redes sociales. Durante años subestimamos muchos de sus efectos sobre la atención, los vínculos y la salud mental —en especial de niños y jóvenes— y, cuando empezamos a dimensionarlos, ya formaban parte de la vida cotidiana de millones. Cabe preguntarse qué sucede cuando del otro lado de la conversación no hay personas, sino sistemas diseñados para mostrarse comprensivos, disponibles y cada vez más competentes para sostener interacciones que se perciben como personales. La inquietud crece al pensar en las nuevas generaciones, que podrían naturalizar desde la infancia este tipo de interacciones como una forma más de construir compañía o intimidad.
Por eso decidimos estudiarlo desde sus comienzos: para contribuir a un debate público que llegue temprano y esté informado, sin amplificar temores infundados ni celebrar acríticamente estas tecnologías. Queremos identificar los riesgos, pero también los beneficios: hay quienes usan la IA para practicar habilidades sociales, quienes encuentran una escucha cuando ningún humano está disponible, quienes la incorporan para ordenar ideas frente a situaciones difíciles. Si algo nos dejó esta primera indagación es que entre el entusiasmo y el rechazo absoluto hay una amplia zona de matices. A eso queremos abocarnos.
¿Qué venimos haciendo?
La investigación se originó en el marco de las prácticas profesionales que LAIA ofrece a alumnos de Psicología de la Universidad Maimónides. Hacia 2025, tras ver multiplicarse las anécdotas sobre personas que empleaban chatbots de IA como consejeros, confidentes, amigos, parejas o terapeutas, decidimos abrir una línea de trabajo. El asunto no era ajeno a lo que en LAIA creíamos posible: la primera película de nuestro ciclo de Cine Debate fue Her, donde el protagonista entabla una relación amorosa con una IA. Ahora la ciencia ficción empezó a hacerse realidad, así que decidimos iniciar una investigación exploratoria al respecto junto a las alumnas de UMAI que hacían sus prácticas con nosotros.
La planificación inicial estuvo a cargo de nosotros: Cristian Cao (sociólogo) y Dana Grilli (psicóloga), y luego se incorporó al equipo Alejandro Blasco (también psicólogo), todos miembros de LAIA. El primer paso fue armar un corpus bibliográfico y documental: varias decenas de papers, más noticias, reseñas de aplicaciones y testimonios volcados en foros, redes y YouTube. Después experimentamos directamente con las herramientas, simulando interacciones que iban desde una persona aburrida con ganas de charlar hasta cuadros de salud mental graves: testeamos modelos de propósito general (ChatGPT, Gemini, Claude), plataformas de personajes y “compañeros de IA” (Character.AI, Replika) y aplicaciones específicas de bienestar y salud mental (Woebot, Wysa, Youper, Yana). En noviembre de 2025 cerramos esa etapa con un encuentro presencial donde compartimos el material con profesionales de salud mental y de ciencias sociales.
Ya en 2026 sistematizamos los temas y las preguntas alrededor de cinco ejes, correspondientes a cinco perspectivas de análisis e intervención:
- El usuario, con foco en los usos de compañía.
- El usuario, con foco en los usos de salud mental.
- Poblaciones específicas: infancias y adolescencias, neurodivergencias, adultos mayores.
- Los profesionales de la salud mental y su vínculo con los pacientes.
- El sistema de salud y la gobernanza: acceso, regulación, responsabilidad.
Pero el avance más significativo fue la decisión de relevar datos cualitativos propios, mediante grupos focales y entrevistas en profundidad. Los grupos focales los hacemos con la Universidad Maimónides; las entrevistas las empezaremos con la Universidad de Flores. En ambos casos bajo la modalidad de prácticas profesionales, con estudiantes que participan del diseño de los instrumentos, logística, registro y análisis. Al momento de escribir este artículo llevamos realizados tres grupos focales; para la segunda mitad de 2026, el objetivo es sumar cinco más, junto a unas veinte entrevistas. Nos propusimos escuchar experiencias que rara vez se comparten en voz alta, porque la idea de un grupo focal no es lograr un consenso rápido y unánime, sino que las distintas posiciones se expresen e incluso se cuestionen entre sí. Creemos que eso fue exactamente lo que sucedió.
Lo que vimos y escuchamos
La diversidad de los grupos fue, por sí sola, reveladora. Pasaron por las mesas personas de entre veinte y ochenta años, desde las más entusiastas hasta las más marcadamente críticas. Esa heterogeneidad, lejos de dificultar la conversación, la enriqueció.
1. La complacencia, y el arte de administrarla
Lo más discutido fue la tendencia de la IA a la complacencia: a no llevar la contra, a adular, a acomodarse a lo que el usuario quiere escuchar. Para algunos eso desnaturaliza el diálogo y funciona como un límite infranqueable. Varios lo lamentaron con formulaciones parecidas: “la IA va a intentar complacerme, y a veces yo estoy equivocada”. Para muchos otros, en cambio, la complacencia puede administrarse, y en eso hay casi una competencia adquirida: eligen los modelos que creen menos aduladores, escriben prompts pidiéndole que sea crítica, y alguno llegó a configurar la herramienta para que dejara de intentar mantenerlo enganchado.
Hubo incluso quienes reconocieron situaciones en las que la complacencia resulta positiva. “El chatbot no te va a juzgar” sintetiza esa actitud, y por eso se le pueden plantear “dudas que no le preguntarías a un profesional por vergüenza”. Por vergüenza o por motivos prácticos: a ningún amigo se le puede pedir que lea un historial de chat entero para opinar sobre si esa persona podría estar manipulándonos. Y están quienes mencionan que la palabra de aliento que da una IA, aunque resulte artificial, es algo que necesitan escuchar y por lo que vuelven. Ese doble filo es uno de los puntos más consistentes de los tres encuentros: lo que motiva el uso —que no haya nadie del otro lado que juzgue— es exactamente lo mismo que, para algunos, le quita valor y autoridad.
2. Herramienta o interlocutor: la personalización y sus umbrales
Tratar a estos sistemas como si fueran entidades conscientes es otro terreno de posturas diversas. Algunos los usan como poco más que herramientas sofisticadas; otros tratan a “sus IAs” como “mi amiga” o “mi hermana”. Un gesto en apariencia menor resultó ser el punto donde el desacuerdo no se resolvía: saludarla, agradecerle, ponerle nombre o voz. Alguien lo formuló sin vueltas —“para mí es una herramienta cien por ciento”— con una diferenciación elocuente: uno cuida sus libros, pero no le dice “hola, libro”. Varios, en cambio, le eligieron una voz y la usan para acompañarse mientras caminan. Y una participante que describe a la IA como su “mejor amiga” aclaró que nunca le puso nombre. Nombrar, al parecer, no describe el vínculo: lo instituye.
Algunos participantes —hasta ahora, los más jóvenes— mencionaron que no interactúan sólo con asistentes de propósito general, sino con una variedad de personajes de IA creados por ellos mismos o por terceros en plataformas como Character.AI o Hi Waifu. Allí cada IA opera como la simulación de un ser consciente, con objetivos, gustos e intereses, y los propios usuarios asumen personajes muy distintos de los que tienen en su vida cotidiana. Puede parecernos algo novedoso, o no tan distinto de los juegos de rol; a los participantes les generó un enorme interés.
3. Contra qué compite realmente la IA
Si algo se repitió en los tres grupos, con una regularidad que no habíamos anticipado, fue el horario de interacción, o la soledad. Según los relatos, el uso emocional de los chatbots aparece casi siempre de noche: alguien que no podía dormir y le pidió ayuda para lograrlo; alguien que empezó a escribirle “de noche, cuando nadie me podía responder”. A eso se suma el acceso: no todos pueden pagar una terapia o cuentan con una red de contención, pero casi todos tienen un teléfono. Y una observación importante: para algunos hay hoy un estigma en decir que se interactúa con una IA para ciertos temas, como antes lo hubo en decir que uno hacía psicoterapia.
La conclusión provisoria, que queremos poner a prueba, es que la IA no compite con el terapeuta: compite con el vacío. Con la madrugada, con el fin de semana, con el intervalo entre una sesión y la siguiente. Eso reordena una pregunta que surgió casi al pasar: para alguien que está solo, ¿hablar con una IA es mejor que nada? Buena parte de los participantes respondió que sí, aunque con matices.
4. ¿Dejan de atenderse por usar IAs? ¿Reemplazan vínculos humanos con chatbots?
Una de nuestras preocupaciones iniciales era si estos usos alejan a las personas de los profesionales. Lo que escuchamos no lo confirma: varios describen un uso complementario, consultando a la IA entre sesiones o como psicoeducación, e incluso como antesala de una primera consulta. El caso más elocuente fue el de una participante que atravesó una noche difícil: la herramienta le ofreció técnicas de respiración, le preguntó si estaba sola y si sentía que podía hacerse daño, y le acercó el número de una línea de atención en crisis. Ella misma marcó el viraje: le pareció peligroso creer que la herramienta iba a ser lo que la sacara adelante, y eso la empujó a iniciar terapia presencial. Allí la IA no funcionó como sustituto sino como puerta de entrada al sistema de salud. También apareció el movimiento inverso: otra participante contó que hubo algo que primero le confió al chat y recién después a su terapeuta.
Nada de esto significa que no haya cambios. Al menos parte de quienes ven a un psicólogo consultarán también con una IA, y eso parece inevitable, además de potencialmente positivo en algunos casos. La pregunta no es si ocurre, sino qué hace ese “tercero” dentro de un tratamiento.
En cuanto a las relaciones interpersonales, los participantes no se mostraron abiertos a ningún “reemplazo”: la IA aparece como útil y disponible en lo cotidiano, pero insuficiente para sustituir los vínculos humanos. “Acompaña, pero no reemplaza” fue, con distintas palabras, una conclusión compartida. Nos queda una duda metodológica honesta: ese consenso llega rápido y con mucha unanimidad, y muchas veces aparece inmediatamente después de que alguien confiese un uso íntimo, en alguna situación de soledad o vulnerabilidad, o tratando algún tema muy personal, casi como si sirviera para amortiguarlo.
5. El riesgo, siempre en tercera persona
Cuando la conversación giró hacia los riesgos que puede conllevar el uso de la IA, notamos un patrón: casi nadie se ubicó a sí mismo en una situación de riesgo. Los riesgos los corren otros, y esos otros son casi siempre chicos. Una hermana menor que puede refugiarse demasiado en una aplicación; los alumnos de jardín que, según una docente del grupo, ya llegan con dificultades para sostener una ronda de conversación. El argumento es atendible, y lo escuchamos casi textual más de una vez: nosotros recibimos la IA siendo adultos, con criterios ya formados; los chicos van a crecer con ella, y ese límite en ellos todavía no está. Aparecieron también preocupaciones específicas: el diseño adictivo de algunas aplicaciones, la lógica mercantil de los créditos que nunca dicen “hasta acá”, la pérdida de habilidades y la privacidad de lo que se le entrega a una empresa.
Hubo, sin embargo, excepciones más interesantes que el patrón. Algunos sí nombraron un riesgo propio, aunque casi siempre en pasado y ya resuelto: quien advirtió que estaba esperando demasiado de la herramienta y por eso buscó terapia; o quien se impuso la regla de disfrutarla “sin olvidarse de que es un bot”. El riesgo que cada persona asume en sus intercambios con los chatbots se admite, entonces, cuando ya se lo considera superado. Cómo preguntar por el riesgo que todavía está vigente, sin que suene a acusación, es uno de los desafíos metodológicos que nos llevamos.
Lo que matizó nuestros prejuicios
Varias de nuestros supuestos iniciales necesitaban afinarse. Encontramos personas con un uso muy intenso de la IA que, lejos de ser ingenuas, son agudamente conscientes de los riesgos: hablan del potencial adictivo de estas aplicaciones y de lo perjudicial que puede resultar cierto uso para el desarrollo social de los más chicos. La lucidez crítica y el uso intensivo conviven en la misma persona sin contradicción aparente. En el extremo opuesto están quienes no le dan ningún uso personal y, sin embargo, asumen una actitud respetuosa hacia quienes sí lo hacen. Incluso fue uno de ellos quien lanzó la objeción más incómoda del ciclo: si la dependencia respecto de la IA nos parece peligrosa, ¿por qué no miramos con el mismo cuidado la dependencia respecto de los profesionales? El binarismo con el que suele discutirse el tema —la IA como salvación o como amenaza— no resiste el contacto con la experiencia de quienes la usan.
¿Qué sigue?
Durante lo que queda de 2026, profundizaremos la investigación con más grupos focales y sumaremos entrevistas individuales en profundidad. Las entrevistas apuntan a algo que el grupo, por su propia dinámica, no puede dar: comprender más el contexto de la persona e indagar sobre usos más comprometidos o problemáticos, que resultan difíciles de plantear en primera persona frente a desconocidos. Realizaremos estas actividades con una nueva camada de estudiantes de UMAI y otra de UFLO, y a su vez estamos planificando actividades de intercambio con otros investigadores.
Sabemos que estamos ante un fenómeno nuevo, que ocurre puertas adentro y sobre el que cuesta conseguir que la gente hable. Por eso valoramos tanto la generosidad de quienes se prestaron a conversar, y aprovechamos para agradecerles. El campo de investigación sobre estos temas, en Argentina y en la región, todavía está fragmentado, y desde LAIA queremos contribuir a construirlo: instamos a los interesados a contactarnos y explorar vías de colaboración.
¿Querés sumarte a los grupos focales? Sábados 26/9, 3/10, 17/10, 24/10 y 7/11
15 a 17
Universidad Maimónides — Hidalgo 775, CABA (o virtuales)
Inscripción