El sábado pasado retomamos nuestro espacio de cine debate, donde nos juntamos a intentar entender qué nos está pasando con la tecnología sin correr detrás de la última novedad. Después de reflexionar sobre los espejos de la memoria en Solaris y la construcción colectiva del documental OS revolution, por recomendación de la querida Gala Cacchione, esta vez nos sumergimos en la animación japonesa con Summer Wars (2009), de Mamoru Hosoda.

Para algunas de las personas que participaron, y probablemente más para muchas de las que no vinieron, el animé es un universo ajeno o lejano. La charla empezó señalando que la cultura del animé es una pieza importante para entender el desarrollo actual de la IA, ya que gran parte del imaginario de quienes hoy diseñan estas herramientas se alimentó con estas historias. 

La película nos mete en Oz, un mundo virtual que controla desde la infraestructura estatal hasta las redes sociales y que entra en crisis cuando una IA llamada “Love Machine” hackea el sistema usando aparentemente el ingenio de Kenji, un joven genio de las matemáticas.

Oz: ¿El Metaverso que sí funcionaba?

A partir de asomarnos a Oz, ese espacio blanco, minimalista y gigante que parece controlar cada fibra de la vida social, en el debate nos pusimos a charlar sobre qué tanto conocíamos o habitábamos mundos virtuales parecidos. Nos dimos cuenta de que esa idea de un lugar virtual donde simplemente “estar” y compartir con otras personas no nos es tan ajena; de hecho, aparecieron recuerdos bastante anteriores a que el término “Metaverso” se volviera una etiqueta de marketing. Surgieron referencias a distintas plataformas, especialmente Second Life (que el propio director, Mamoru Hosoda, cita como una influencia directa). También mencionamos Roblox y Minecraft, mucho más mundos en los que estar, que un juego que empieza y se termina. 

Rastreando de dónde viene este imaginario de una red total, mencionamos películas como Tron (1982) y Matrix, y la novela Neuromante (William Gibson, 1984). Intentando buscar antecedentes más antiguos, algún modelo consultado nos llevó al libro The man who awoke (Laurence Manning, 1933), un antepasado de Matrix que desconocíamos. La idea de un mundo hiperconectado y sus posibles colapsos ya estaba presente en la ficción mucho antes de que existiera el primer módem.

Ciencia ficción y ternura: Lo viejo y lo nuevo

Lo que más nos llamó la atención de Summer Wars es que, en medio de un colapso digital global, la contraofensiva no sale de un búnker tecnológico, sino del comedor de una casa tradicional. Ahí es donde aparece la abuela, una mujer de 90 años que, lejos de asustarse, agarra su antiguo teléfono, y busca los contactos en tarjetas, postales y fotos viejas.

Sakae representa la idea de que “lo viejo funciona”: al fallar los sistemas de Oz, los demás parecen perdidos, menos ella que recuerda cómo funcionaba el mundo antes de la red. Su modo de hablar con familiares, vecinos y conocidos, no evita la fricción, no simula amabilidad, y logra movilizar a la gente. Su caja con recuerdos de papel termina siendo el dispositivo de seguridad más resistente.

En la charla nos acompañaron dos libros que trajimos de la última Feria del Libro, el que mencionamos cuando llegamos a esta parte fue Ciencia ficción y ternura, ensayo de Mallory Craig-Kuhn, editado por La Libre y con prólogo de Michel Nieva. Mallory hace un recorrido por los subgéneros menos frecuentados cuando se piensa en ciencia ficción (al menos en la que pensamos cuando decimos “Make sci-fi fi again”), como el hopepunk o el solarpunk, donde el futuro se corre de los escenarios apocalípticos de metal y lluvia para centrarse en la ternura y la resiliencia colectiva. 

Por un lado, desde el comienzo de la historia no nos encontramos en un mundo apocalíptico típico de la ciencia ficción. Por otro, a diferencia del tradicional héroe solitario de Hollywood, acá la solución está repartida: es Kenji con su lógica matemática para descifrar códigos, el primo de Natsuki, Kazuma, poniendo el cuerpo a través de su avatar en un enfrentamiento de artes marciales, y, finalmente, la propia Natsuki, quien termina enfrentando a la IA en su propio terreno a través del Koi-koi, un juego de cartas tradicional en el que nos detendremos después. Pero más allá de está participación de tres protagonistas, el triunfo es de toda la familia organizándose primero y alentando después, y de la comunidad completa cuando a través de sus avatares entregan su vida para que Natsuki pueda subir la apuesta.   

También en esta oposición con Hollywood, hablamos del trasfondo histórico y geopolítico: la IA “Love Machine” fue un encargo del Pentágono, así que el conflicto central de la película se trata de EEUU bombardeando a Japón. En el debate hablamos de cómo en la película la conexión con la muerte es también una forma de la ternura. Mientras que en la cultura occidental predomina la negación del fin de la vida, en Summer Wars el festejo por los 90 años de Sakae se transforma, de un momento a otro, en su funeral. Lo interesante es cómo ese duelo se resignifica: no es un evento que paraliza a la familia, sino que se vuelve un espacio de resistencia. Alrededor de la mesa, compartiendo la comida y honrando su memoria, el dolor se transforma en la energía colectiva necesaria para dar la batalla final.

Soledad, salud mental y vínculos en el siglo XXI

Lo que dispara la historia de Summer wars es que Natsuki necesita presentarle un novio a su familia para el cumpleaños de 90 de su bisabuela y, como no tiene, recurre a contratar a Kenji para que la acompañe al viaje, y, sin avisarle antes, cumpla ese rol. Si esto pasara en una serie local, probablemente lo veríamos como un recurso de guion poco verosímil para generar enredos. Sin embargo, en la sociedad japonesa esto es una realidad: existe toda una industria de las rental relationships (relaciones de alquiler).

Este concepto aparece en el libro Mosaicos: Formas de la soledad en el siglo XXI, de Victoria O’Donnell (el otro que trajimos de la Feria, publicado por El gato y la caja). En el capítulo “La viajante”, dedicado especialmente a Japón, se analiza cómo esta soledad mediada por la tecnología está dando lugar a vínculos que se compran o se alquilan para llenar baches emocionales o cumplir con expectativas sociales. En la película, Kenji es un genio matemático que vive refugiado en Oz, y es fácil imaginarlo en un futuro cercano trabajando de forma remota, súper conectado pero profundamente solo. También mencionamos a Kazuma que encarna la figura del hikikomori: personas que se recluyen en sus habitaciones y solo se vinculan a través de pantallas (en el caso de Kazuma, deja abierta la puerta del cuarto y después sale, así que sería un caso no extremo).

Esta “soledad de diseño” nos hizo volver a una pregunta que ya nos hicimos cuando debatimos Her: ¿estamos buscando un “otro” a demanda que satisfaga nuestras necesidades sin cuestionamientos?. En LAIA venimos siguiendo de cerca el tema de la IA como acompañante o “psicólogo” ante la falta de vínculos reales, preguntándonos si estas herramientas son realmente un apoyo o solo parches para una desconexión más profunda. De hecho, recordamos que el peso de este tema es tal que países como Japón, “adelantados” también en esto, ya cuentan con un Ministerio de la Soledad.

En la película, es muy marcado el contraste de lo que sucede en Oz, con el multitudinario encuentro de la familia de Natsuki. Kenji, que no está acostumbrado a estar con tanta gente, agradece compartir ese tiempo ocioso cara a cara, y, en especial, por de haber aprendido a jugar al Koi-koidescubriendo que hay algo en el vínculo humano —y en los saberes que no están documentados en la red— que ninguna IA puede procesar. Al final, la resistencia no viene de un código perfecto, sino de recuperar esa red de afectos analógicos que todavía nos permite aprender a movernos (y hasta a perdernos) juntos.

El factor humano: Lo que la máquina no puede digitalizar

El clímax de la película nos lleva a un duelo de Koi-koi, el juego de cartas tradicional que termina siendo el campo de batalla final contra la IA “Love Machine”. Al ver la peli, sin saber cómo se juega, a varios nos hizo pensar en el truco, donde lo central del juego (la “viveza” más que las reglas, la intuición) parece escapar a la digitalización. A diferencia del ajedrez, que es un sistema lógico en el que las máquinas nos superan por mucho, el Koi-koi se mueve en los márgenes, en esos espacios donde la intuición humana todavía le saca ventaja al cálculo.

Nos preguntamos qué es lo que la máquina realmente no puede procesar, y llegamos a la conclusión de que las IA se alimentan de lo que ya está documentado y digitalizado. Sin embargo, hay saberes que quedan fuera del radar porque pertenecen a tradiciones orales o a prácticas culturales que no dejan rastro en la red. Esa fuerza de lo “invisibilizado” es lo que permite que una jugadora humana gane: ella sabe algo que la máquina, por más potente que sea, no tiene forma de aprender porque no figura en su base de datos. Esto nos hizo pensar en el carácter ambivalente de la falta de representación en los modelos, que claramente implica ciertas desventajas, pero en algunos casos se puede pensar como una forma de proteger nuestros saberes e identidad. En ese punto hablamos sobre las preguntas que nos venimos planteando en el marco del proyecto Voces trans.

¿Hacia una IA al servicio de la comunidad?

Al final, nos fuimos de este debate con una sensación parecida a la que tuvimos después de ver Brian and Charles: un poco más aliviados. En un mundo donde las noticias sobre inteligencia artificial suelen venir cargadas de visiones distópicas o de un control tecnológico extremo, Summer Wars nos propone una salida que no pasa por ser un genio solitario en un búnker, sino por convertirnos en un héroe colectivo.

Queda flotando la pregunta que nos atraviesa en cada encuentro: ¿cómo hacemos para que estas herramientas, que muchas veces nacen de lógicas ajenas a nuestras necesidades (como ese “Love Machine” encargado por el Pentágono), terminen realmente al servicio de lo que nos importa?. Tal vez la respuesta sea no soltar del todo la libreta de papel ni el teléfono fijo; no por una cuestión de nostalgia, sino para recordar que lo viejo todavía funciona cuando se trata de sostener las redes de afectos que nos mantienen humanos.

Nos quedamos con esa cuota de hopepunk para seguir habitando estos tiempos. 

¿Te sumás al próximo?