Florentina Guaita, Lucía Miranda y Milena Matschke

Hace unas semanas compartíamos en este blog la nota El derecho a habitar nuestro propio tiempo: el juego como brújula en Mini LAIA. En ese texto, escrito mientras pensábamos nuestro encuentro de agosto, defendimos la necesidad urgente de recuperar el juego libre y el aburrimiento frente a un presente dominado por la sobreestimulación y aceleración digital. Ahora queremos contar lo que pasó cuando llevamos esa teoría a la acción, y chicos y chicas encendieron un dispositivo de cartón que transformó la espera en un viaje cósmico. Lo que habíamos pensado creció de un modo sorprendente al encontrarse con el juego de los especialistas.

¿Qué es “ser grande”? Un libro de quejas colectivo

El punto de partida del taller fue la lectura compartida de Un día…, una hermosa obra de Guillaume Guéraud y Sébastien Mourrain. A partir de la lectura, conversamos sobre qué cosas podríamos hacer cuando seamos “grandes” que no podemos hacer ahora, y cuáles serían las ventajas y desventajas de crecer. Y también qué pasa durante la espera hasta que llegue ese día.

Lejos del “cuando sea grande voy a ser…”, el encuentro se convirtió en un divertido “libro de quejas” dirigido hacia el mundo adulto. Chicas y chicos descargaron reclamos cotidianos sobre las reglas del hogar, las responsabilidades escolares y, fuera de lo propuesto en la consigna, también sobre las complejas dinámicas de convivencia con hermanos.

En medio de los reclamos, la adultez seguía apareciendo como un destino deseado, definido sobre todo por la conquista de libertades que hoy no tienen: poder salir solxs a la calle, comer las comidas que les gustan cuando quieran y hacer lo que tengan ganas a la hora que sea. En esa lista de deseos, los dispositivos tecnológicos ocuparon un lugar protagónico. En la imaginación de chicos y chicas, “ser grande” es casi un sinónimo de autonomía digital, significa tener celu, tablet o una compu propia, y poder usarlos todo el tiempo que quieran, sin límites establecidos por las personas adultas.

Lo más interesante de la ronda fue el cruce de perspectivas según las edades. Los deseos de los más chiquitos, eran cosas que algunas de las más grandes del grupo ya podían hacer. Fue en ese momento cuando el mayor, con la sabiduría de sus once años y algo de nostalgia ya, les regaló un consejo a los más pequeños: disfruten de la infancia y no tengan apuro por crecer.

La única regla: Prohibido usar atajos

¿Qué hacemos, entonces, mientras esperamos? La respuesta obvia en la era digital suele ser el atajo: la pantalla, el video corto, la respuesta rápida de una inteligencia artificial generativa que anula la incertidumbre y diluye todo esfuerzo.

Para desafiar esa inmediatez, les propusimos una actividad totalmente analógica: construir colectivamente “La máquina de esperar”. Sobre el piso desplegamos materiales simples, cajas de cartón, tubos, tapitas plásticas, témperas, rollos de soga. El desafío tenía una sola regla, la máquina del tiempo no podía saltear la espera, no podía ser una máquina que simplemente haga que el tiempo pase más rápido.

Chicos y chicas aceptaron el reto con entusiasmo, se pusieron a trabajar en equipo y diseñaron un aparato que nos recordó al DeLorean de Volver al futuro. Después de ensamblar las partes, al encender el motor, el viaje los transportó directamente al mañana. Pudieron cumplir la consigna porque, en lugar de convertirse en personas grandes para acelerar el reloj de la vida, visitaron el futuro conservando su edad actual. Eso también permitió un desdoblamiento de ciencia ficción por el que pudieron observarse a sí mismos desde lejos. Espiaron a sus versiones adultas y después volvieron en viaje hacia el presente. 

En el juego la máquina también fue una nave que viajó por el espacio, y les permitió salir a explorar con una soga que los unía. Desde un costado, observando el despliegue con una mezcla de admiración y ternura, el más grande de los chicos reflexionó en voz alta: “Cuánta imaginación… pueden estar así todo el día”.

La soberanía de decidir nuestros propios ritmos

Al final de la mañana, en el momento de las últimas vueltas alrededor de nuestro DeLorean de cartón, nos quedamos pensando en la idea de que ser grande consiste, básicamente, en “tomar las decisiones” y no tener que andar obedeciendo reglas ajenas. Quienes somos mayores nos miramos de reojo y nos quedamos en silencio para no romperles la ilusión. En un mundo donde corremos todo el día detrás de la productividad, el reloj y las responsabilidades, pocas cosas hay menos libres que la adultez. ¿Hacer lo que se nos cante? ¡Ojalá!

Pero justo ahí, en esa ironía, está la potencia de lo que pasó en el taller. En una época que nos empuja constantemente a grandes a correr y a chicos a crecer a las apuradas, “La máquina de esperar” funcionó como un hermoso freno de mano. Durante un par de horas, abrimos un espacio libre de las urgencias del mundo. Dejamos el apuro a un costado para sentarnos en el piso a jugar, a imaginar futuros posibles, a debatir qué significa crecer y a preguntarnos para qué corremos tanto. En definitiva, la verdadera soberanía no es el celular propio ni la falta de límites: es la capacidad de decidir sobre nuestro propio tiempo, de sostener la duda y de crear en comunidad sin que una pantalla nos dicte el ritmo.

Por eso, en Mini LAIA no nos interesa preparar a niños y niñas para que se adapten a los dispositivos eficientes del mañana. Preferimos seguir construyendo estas estaciones de perplejidad compartida donde grandes y chicxs podamos conspirar en ronda, perderle el miedo a lo desconocido a fuerza de juego y recordar que el mejor superpoder (a los once, antes y después) siempre va a ser la libertad de jugar y aburrirnos a nuestro propio ritmo.